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  Editorial

 

EL MANDATO Y EL PECADO

Por: Padre Diego Jaramillo

El capítulo tercero del libro del Génesis narra cómo ese cuadro idílico se derrumbó y cómo el mal dio su batalla, afectando gravemente el plan divino.

Dios había dado al hombre un precepto. La Biblia nos describe ese mandato en términos adaptados a la mentalidad de los orientales de hace tres mil años. La expresión material es lo menos importante, lo que cuenta es la desobediencia del hombre a la orden divina. ¿Cómo fue el pecado? ¿Cuál fue su naturaleza? ¿Fue causado por la rebeldía, por la soberbia, por la ambición o por la lujuria? ¡Qué importa ello! Lo que cuenta es el resultado: la tierra, desde entonces, se llena de violencia y todo hombre corrompe su camino (Gén. 6, 12-13); desde su mocedad, todo viviente siente que en él brota la maldad (Gén. 8, 21) pues es más fácil cambiar el color de la piel de un hombre o lavar de sus manchas a un leopardo que extirpar entre los mortales la tendencia al mal (Jer. 13, 23).

Dios había permitido que Adán comiera libremente de todos los frutos del vergel, excepto del árbol de la ciencia del bien y el mal. Pero surgió la serpiente, animal astuto, en quien la tradición cristiana ha personificado al demonio, y tentó a Eva: “Si comen de esa fruta vedada, dijo el engañador, no sufrirán ningún castigo, sino que tendrán los ojos abiertos y, como dioses, podrán distinguir el bien y el mal”.

La primera mujer no resistió la tentación y, al ver que el árbol era bueno de comer, deleitable a los ojos y apetecible para lograr la inteligencia, quebrantó el mandato divino, tomando el fruto prohibido y haciendo copartícipe de su acción a su esposo.

Entonces a Adán y Eva se les abrieron los ojos. Habían pecado. Con su acto rompieron la armonía en la tierra y en su propia vida. Ya todo sería distinto en la existencia de los hombres. Ellos fallaron a nombre de la familia humana. Quebraron el vaso de la felicidad. Libremente optaron por el pecado, por la lejanía, por la muerte, por la equivocación. Fue como en la leyenda griega de la caja de Pandora: cuando Epimeteo abrió el cofre que encerraba los males, éstos se desparramaron por el mundo.

El autor bíblico presentó en apretada síntesis las consecuencias del pecado.

 

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